Relatos premiados

VOLVER A ESCRITURA

Estos fueron mis relatos premiados en el año 2011:




EL JUGLAR Y LA CUERDA DEL LAÚD


portada

Mi relato El juglar y la cuerda del laúd resultó ser el relato ganador de la XVI Convocatoria del Certamen Literario "Carmen Conde", en su IX Edición de cuentos. El premio me fue otorgado por el Grupo Aldea (Asociación Literaria de Escritores Andaluces) en el año 2011.


Ese mismo año fue publicado en la Revista Literaria Aldea (Edición nº 73).


Así aparece en la revista:

En la XVI Convocatoria del Certamen Literario "Carmen Conde" 2011,

en su IX Edición de Cuentos ha sido galardonada con el 1º Premio:

María Auxiliadora Álvarez Rodríguez, con el cuento:


"EL JUGLAR Y LA CUERDA DEL LAÚD"


Hace varios siglos, en una época de reyes y castillos, de hechiceros y dragones, de conquistas y grandes hazañas, un juglar recorría pueblos, ciudades y aldeas buscando unas monedas para así ganarse la vida. Su aspecto era muy llamativo, vestía con unos coloridos tejidos que no eran precisamente de seda ni de las telas más caras, pero su combinación y su porte al llevarlos les hacían parecer alguien mágico y fascinante, mientras a la vez se vislumbraba que era alguien cercano y corriente. Sobre sus oscuros y rizados cabellos reposaba un pomposo sombrero del que colgaban unas plumas enormes y en su espalda portaba un reluciente laúd que esperaba para cantar todo aquello que brotaba de su imaginación.


Un día, como otro cualquiera, se dispuso a visitar una pequeña aldea cercana a un importante río. En otro tiempo había sido un buen lugar, o eso había escuchado, pero la visión que se presentó ante sus ojos era muy diferente a cuanto había oído, pues nunca había visto una villa tan pobre… No hace mucho, ese poblado había sido víctima de un cruel asedio y sus habitantes, además de haber perdido muchas de sus pertenencias y tener que trabajar duro, estaban inmiscuidos en un laborioso proceso de reconstrucción, ya que no tenían otro lugar a donde ir.


El juglar quedó tan afligido al ver esa escena, que comenzó a relatar y cantar para ellos, como siempre, en compañía de su fiel laúd. Tal era su ímpetu y tristeza que ya no buscaba monedas, sino tan solo animar el espíritu de esos pobres aldeanos aunque ellos, lógicamente viviendo en tal situación, no prestaban atención a ninguna de las melodías que las cuerdas emanaban.


Aún así, él decidió acudir a ese lugar, al menos una vez a la semana, asistiendo siempre el mismo día. Ocurrió entonces que según iba pasando el tiempo, los habitantes de la aldea se acostumbraron a su presencia y nadie faltaba el día en el que él iba a actuar frente a ellos. Los niños tenían la oportunidad de al menos un día, salir de la pesada rutina. Y ya no solo los niños, sino el resto de los aldeanos. Sin duda ese era el mejor público que había tenido jamás. Todos le esperaban al atardecer del séptimo día después de su partida. Sus ánimos cambiaban cuando veían a la colorida figura del juglar entrar en la aldea por el camino principal, bañada por la luz anaranjada que despedía el sol en ese momento del día. Era como si el mismo astro de fuego participara en hacer su entrada más espectacular…


Unos meses después, tuvo la fortuna de que cerca del lugar, cuando actuaba, unos sirvientes del rey pasaron próximos a la zona y le oyeron. La visión del juglar, contemplado por un público muy entusiasmado, fue motivo para la sorpresa de los lacayos y la música sonaba tan bien… Cuando llegaron a palacio, contaron su asombro y la noticia pronto llegó a los oídos del monarca. Éste mandó llamar al juglar para pedirle que actuara para él. Tenía mucha curiosidad por escuchar esa música y esos relatos que animaban tanto a sus súbditos.


Para nuestro trovador era una gran oportunidad ¿Y si al rey también le entusiasmaba su música? ¿Quizás podría trabajar en el castillo y salir de la pobreza? O mejor… ¿Podría llegar a convertirse en el juglar del rey? Recurrió entonces a las monedas que tenía para comprarse mejores ropas y quedar lo más presentable posible para su audiencia con el soberano.


Cuando llegó ese gran día su aspecto era espléndido, llamativo, vistoso, colorista… y un sinfín de adjetivos similares que servirían sin duda para resaltar su ostentosa apariencia. Al principio nervioso, pero sobre todo emocionado, comenzó a desplegar su mejor repertorio. El resto de personas que se encontraba en el gran salón real, reservado para fiestas y otros eventos, disfrutaban de la actuación y quedaron encantados con ese juglar sin par. Pero sin embargo al rey no le pareció tal cosa, para él se asemejaba a sus juglares o a otros muchos que había escuchado. Así que, una vez hubo presenciado el espectáculo, con expresión de desencanto, ordenó a uno de sus sirvientes que le diera unas monedas como pago, y se retiró a otros asuntos sin decirle palabra alguna…


El juglar, decepcionado, se apresuró a abandonar el castillo y en un oscuro bosque cercano, impregnado solo por la leve y plateada iluminación de una radiante luna llena, comenzó a tocar su laúd furioso… tanto, tanto, tanto… que una de las notas que emanaba de sus dedos, por mala fortuna, rompió una de las cuerdas. Ese hecho fue fatal para él… ¿Qué iba a hacer ahora si el laúd estaba dañado? ¿Cómo iba a interpretar su música? Había gastado casi todo lo que tenía en su preparación para la audiencia con el rey… Pero aún había algo más: ¿Qué día era? ¿Cuántos días habían pasado ya? ¿Le estaría esperando su público fiel en aquella aldea asediada?


En un ataque de locura, buscó por todas partes una cuerda para su laúd. No tenía medios para repararlo o adquirir otro, así que intentó arreglarlo. ¡Lo que fuera para no tener que abandonar a sus oyentes!


Durante días trató sin éxito alguno solucionar aquel desafortunado percance, pero las circunstancias se tornaban difíciles. Bastante desanimado y sin conciencia del tiempo se dirigió hacia la aldea y agotado cayó dormido a la altura del río.


Pasadas unas horas, el ruido de un carro que recorría un camino cercano le despertó. Sobresaltado se puso en pie en un instante y recordó todo lo que le había sucedido. Afligido se sentó en la orilla del río acompañado de su incompleto laúd. No paraba de pensar que esta vez no podría responderle a ese público al que finalmente había logrado hacer feliz. En esa aldea sí que se había sentido como un auténtico juglar… un juglar capaz de emocionar con su música y sus relatos… ¿Cómo se había precipitado así?, ¿en qué estaba pensando cuando acudió al castillo?


Pero en ese instante, mientras divagaba en sus pensamientos, un leve sonido a su derecha distrajo sus reflexiones por un momento. Un pez chapoteaba torpe en el agua cerca de él. Se acercó más a ver qué pasaba y encontró al pequeño ser atrapado por un anzuelo y un hilo de tanza. Un fuerte impulso le hizo ayudar al pez y liberarlo de su atadura. Cuando lo devolvió al río, la corriente se lo llevó enseguida y desapareció raudo entre las aguas, pero entonces una sonrisa protagonizó el rosto del juglar mientras miraba su mano, que portaba… ¡Un hilo de tanza! ¡Era perfecto! ¡Ahora podría arreglar su laúd!


Se apresuró en repararlo y quedó como nuevo. Volvió a aquella aldea y su público le esperaba impaciente, pues había tardado algo más de lo habitual. Comenzó a relatar fascinantes historias y su música sonaba como nunca.


Allí sí se sentía como un auténtico juglar…


También realicé una ilustración sobre el relato con una técnica totalmente tradicional en un formato de 50x70 cm:


portada


LA CORONA HECHIZADA


portada

Aparece mencionado en:

Bormujos. Portal de tu ciudad.

"La jornada de tarde del pasado jueves fue especialmente dedicada al escritor sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, protagonista de esta “IV Semana del Libro de Gines” con motivo del 175º aniversario de su nacimiento. [...] Como broche final, la ganadora del concurso de “Leyendas Becquerianas”, Mª Auxiliadora Álvarez Rodríguez, de Sevilla leyó para los asistentes su relato “La Corona Hechizada” que siguiendo el estilo del autor romántico se ha hecho acreedor de este certamen." 

Mi relato La corona hechizada resultó ser el relato ganador del Concurso de "Leyendas Becquerianas", organizado por la Biblioteca Pública de Gines (Sevilla) en el año 2011.


María Auxiliadora Álvarez Rodríguez:


"LA CORONA HECHIZADA"


Muy lejos de aquí, en una ciudad muy antigua, mora una fantástica leyenda sobre ella y la estatua de piedra que guarda su entrada. Dicha ciudad está rodeada por un frondoso y oscuro bosque, tan tenebroso y sombrío que desde hace siglos nadie se atreve a recorrer esos caminos. Pero no solo es por ese motivo que la presencia humana brilla por su ausencia en esa zona, no… El motivo de esa soledad es un hecho que ocurrió hace mucho, el hecho que narra la leyenda.


Dicen que si se intenta llegar hasta la ciudad desde la ruta del sur, donde se halla un antiguo camino, ya borrado por el paso del tiempo, se alcanza la entrada de la ciudad. Entre el camino y la ciudad un gran río corta el paso, pero un extenso puente nos invita a atravesarlo para acceder a las puertas del recinto fortificado. Dentro está la villa, solitaria y silenciosa, que permanece a los pies de un elevado cerro donde se encuentra el imponente castillo. Es tan inmenso que se adivina que los reyes que vivieron allí en otro tiempo debieron ser muy poderosos y parece tan inexpugnable que jamás nadie ha intentado conquistarlo, aún estando la ciudad ya desierta…


Pero volviendo a la entrada de la ciudad, situados allí no es el castillo solo lo que llama la atención, sino una curiosa estatua que se alza frente a la puerta principal, al final del puente. Se dice que la estatua de piedra refleja la imagen del último rey que gobernó este singular reino. Parece ser un hombre alto, con ropas que reflejan la elegancia de su época, adornadas con una extensa y lujosa capa. Sus cabellos son largos y casi le cubren el rostro por completo, un rostro que posee una expresión agarrotada. Quizás con esta descripción la imaginación piensa en una estatua de un rey que luce con pose majestuosa frente a su ciudad, pero no… su pose dista mucho de esa imagen, pues se encuentra encogido sobre sí mismo y aferrado a algo, un objeto que tiene entre sus manos: se trata de una corona.


El nombre de este rey es Gardar y pasó a la historia como Gardar I “El Codicioso” y encontramos la explicación de este sobrenombre en la leyenda sobre el abandono de la ciudad, aunque en algunos escritos de personas de su época, se le llama al rey Gardar I “El Protector”. Entonces ¿Qué fue realmente? ¿Codicioso o protector? Solo aquellos que conocen la leyenda pueden juzgar este criterio… Se dice que la ciudad nació de la magia, pero ya nadie recuerda su origen. La ciudad era gobernada por un solo rey o reina y éste o ésta poseía una corona encantada. Era encantada porque solo podía ser el soberano del lugar quien la llevaba y él o ella decidía a quién debía pertenecer la corona. No podía por lo tanto ser robada ni arrebatada, pues enseguida la corona rechazaría al ladrón y le aplicaría un embrujamiento horrible.


La mujer que reinaba anterior a Gardar, era una mujer muy bella e inteligente, una verdadera dama cuya apariencia y elegancia infundía respeto y cariño a sus súbditos, en especial a un valiente héroe y caballero llamado Gardar, que la amaba en secreto, pues ella como reina solitaria elegida por la corona, era una mujer inalcanzable. Él no podía confesarle su amor, pero ella le admiraba mucho, pues no había batalla que él no ganara.


El reino gozaba de paz y tranquilidad, pero a la llegada del frío invierno, su suerte cambió: El reino fue atacado.


Gardar se encontraba defendiéndolo a toda costa, con todos sus hombres, también valientes y respetables caballeros, pero un mercenario del bando contrario, llegó a los aposentos de la reina dispuesto a robar la corona (algunos no creían en hechizos ni encantamientos), y la reina la defendió con su vida. Gardar perseguía al hombre, pero llegó tarde al lugar y fue testigo de cómo la espada del maldito enemigo atravesaba a su amada reina. Sin mediar palabra y en un acto casi instantáneo, el valiente héroe dio muerte al mercenario y trató de socorrer a la reina, pero era tarde… Su amada moría entre sus brazos, su alma abandonaba este mundo y él no podía hacer nada al respecto.


Mas el último suspiro de ella tuvo un importante cometido:

-Oh Gardar, valiente caballero –le dijo- has luchado incontables ocasiones por defender este reino con valor y heroicidad. Tú eres el único merecedor de esta hechizada corona. Llévala con honor, sigue protegiendo nuestras tierras y cuando llegue el momento, entrégasela a alguien tan digno de ella como tú lo eres ahora.


Después de estas palabras, la reina se sumió en el sueño eterno. El entristecido caballero no tuvo tiempo de responderle nada, con sus ojos inundados en lágrimas cogió la corona mientras murmuraba:

-Mi reina… Hubiera preferido centenares de veces seguir amándoos en secreto antes que portar esta corona. Si es vuestro deseo que yo la lleve así lo haré y ante vos juro que no le entregaré la corona a nadie indigno.


Y de ese modo murió el caballero Gardar y nació en rey Gardar I.


Durante muchos años protegió el reino. Con el tiempo la obsesión que sentía por el reino, entregado a él por su amada, crecía y crecía hasta el punto de rozar la locura, el lugar se convirtió en una fortaleza inexpugnable, nadie se atrevía a atacarlo, pues ya el rey y antiguo caballero no tenía piedad con los enemigos.


Con el paso de los años, la ciudad se volvió prácticamente inquebrantable y Gardar decidió que su territorio debía ser aún mayor, que debía expandirse y… ¿Qué lugar conquistar? Pues la morada de los enemigos que le arrebataron a su amada soberana.


Sus estrategias de defensa eran inexpugnables, pero las de ataque en esta ocasión no corrieron la misma suerte. Partió y dirigió a sus mejores caballeros a una batalla cruel. En el campo de combate, el rey luchó en primera línea de batalla, aún conservaba sus habilidades de cuando era caballero. Pero la mala fortuna le hizo una ingrata visita y mientras se encontraba luchando contra un fuerte rival, fue alcanzado por unas flechas ponzoñosas que le obligaron a abandonar el combate.


Moribundo y herido, huyó hacia el bosque y con la esperanza de esconderse de sus enemigos se dirigió a la zona más profunda y sombría. Ya empezaba a caer la noche, el tiempo era frío y húmedo y un incómodo viento helado le hacía más difícil su marcha. Sin noción de dónde se encontraba, se topó con un lugar que jamás había visto. Parecían las ruinas de un antiguo templo. A duras penas consiguió llegar hasta las rocas más cercanas y se dejó caer en una ellas. Reposó la espalda en la fría piedra y se agarró las heridas. Había logrado huir, se encontraba allí solo, bajo un cielo que podía ver cubierto de estrellas y una gran luna llena que le observaba desde la inmensidad de la noche. En el silencio del lugar solo se escuchaban sus palabras:

-Mi dulce amada, puedo llegar a aceptar mi derrota en el campo de batalla… mas no puedo aceptar reunirme con vos habiendo faltado a la promesa que os hice…

-Pero aún estáis a tiempo de cumplir esa promesa, majestad… -Dijo una misteriosa voz.

-¿Quién anda ahí? -No temáis nada. Mi nombre es Asgerdur y vengo a ayudaros.

-Para mí ya es tarde, soy un pobre y moribundo rey que ha faltado a su palabra y ni siquiera puede entregar su corona.


Una mujer misteriosa apareció desde detrás de unos árboles y dejó ver su estilizada figura. No era tan bella como la reina, pero estaba envuelta por una enigmática aura que despertaría el interés del más escéptico de los mortales.

-Vos más que nadie debéis creer en la hechicería, pues sois el rey de esa ciudad encantada. Os propongo un trato muy interesante: Con mi magia puedo salvar vuestra vida y hacer que ganéis la batalla…

-¿De verdad puedes hacer algo así?

-No lo dudéis majestad…-interrumpió energéticamente- Pero a cambio, deseo que, una vez pasados diez años, me esperéis en vuestro reino y me entreguéis a mí la corona hechizada.


Al principio al rey le horrorizó la idea, pero no tenía mucho tiempo para recapacitar… Aterrado por el pensamiento de que otro pudiera conquistar su reino sin monarca aceptó el trato.


Ella cumplió también su promesa y libró a Gardar de la muerte ese día y además le concedió su victoria sobre el enemigo. Cuando se despidió, ella le especificó las condiciones de su trato:

-Recordad majestad, dentro de 10 años ocurrirá una noche como esta en la que habrá luna llena… Yo iré a vuestro reino y me entregaréis la corona antes de que la luna se pose sobre vuestro castillo, de lo contrario, os convertiréis en piedra.


Pronunció unas extrañas palabras para finalizar su hechizo y desapareció en la espesura del bosque. Pero Gardar ahora se encontraba totalmente recuperado. Mientras se ponía en pie el sol se dejaba ver por el horizonte y el oscuro y sombrío paisaje se tornaba claro y luminoso.


Los siguientes diez años del reinado de Gardar fueron muy prósperos y pasaron tan deprisa…


Antes de lo que esperaba, llegó la noche en que la hechicera se presentaría en su castillo. El rey se apresuró a esperarla en las puertas de la ciudad, pues no quería que nadie supiera de su pacto con una hechicera. Ella le reclamó su parte del trato, pero ahora Gardar estaba indeciso… ¿Y si esas manos no son las adecuadas para adquirir la corona? Ella se impacientaba ante la tardanza del rey:

-Cumple tu promesa, te queda poco tiempo, si no me entregas la corona te convertirás en piedra.

Y sus palabras eran ciertas, la luna se acercaba cada vez más a su castillo.

-Lo siento, pero creo que no puedo entregar la corona a alguien que no sea digno de ella y ni siquiera te conozco bien para juzgar si lo eres o no.

-¡Pero recuerda el traro, rey! ¡Te queda poco tiempo! ¡Dame la corona!


Gardar permanecía inmóvil y pensativo. La bruja desesperada se abalanzó sobre él para arrebatársela, mas el rey se aferró a la corona y le impidió que hiciera tal cosa y continuó aferrado a ella con fuerza.


Cuando la luna alcanzó el lugar dicho por la hechicera, Gardar se convirtió en piedra por incumplir su pacto y desde ese momento ya nadie podía quitarle la corona, ni él podía entregarla, siendo así el señor eterno de la ciudad.


La hechicera enfurecida hizo que el hechizo pétreo se extendiera hacia la ciudad y los aldeanos y nadie nunca volvió a entrar en la ciudad ni se atrevió a atacarla, pues pensaban que correrían la misma suerte…


VOLVER A ESCRITURA